Siguiendo la senda parmenídea y en contra de las ideas de los sofistas, Platón defendió en su República (477a-479e) que el ser era aquello absolutamente cognoscible, mientras que la nada era totalmente incognoscible. Con esta tesis marcaba una distancia insalvable entre el auténtico conocimiento (episteme) y la simple opinión (doxa) y exigía del primero dos rasgos que devendrían fundamentales para la tradición filosófica occidental: justificabilidad e infalibilidad. Para que una opinión constituyera auténtico conocimiento debía justificarse como tal por estar basada en la naturaleza de las cosas —el ser—. Y para que fuera verdadero conocimiento debía serlo de una vez y para siempre.

Descartes tomó el testigo de esta tradición en el siglo XVII, vinculando todas las representaciones de la realidad al nuevo sujeto constituyente moderno. Las fracturas que la influencia escéptica abría entre una interioridad consciente y una exterioridad alienada serían resueltas por Descartes —en falso— dentro del mismo marco conceptual: bajo un modelo de conocimiento caracterizado por la justificabilidad y la infalibilidad.

La corriente escéptica se nutrió también de este marco conceptual desde la Antigua Grecia. Si el conocimiento debía ser creencia verdadera infaliblemente justificada, entonces éste era, a su juicio, imposible. A diferencia de Platón, para los escépticos la razón humana no brindaba acceso a las esencias íntimas de las cosas. A éstas había que acceder a partir del material ofrecido por los sentidos, mediante algún tipo de razonamiento. Pero los sentidos siempre podrían ser puestos en duda como fuente de información fidedigna.

Hubo, sin embargo, otra corriente de pensamiento distinta a las anteriores que construyó otro marco conceptual distinto. Iniciada también en la Antigua Grecia y retomada con fuerza en la modernidad, el escepticismo constructivo o tradición experimentalista vino a defender una concepción del conocimiento falible e incluso carente de justificación. Aunque los sentidos no permitan acceder a la verdadera naturaleza de las cosas, a sus esencias íntimas, es posible reunir información sobre las apariencias sensibles, elaborar hipótesis y realizar predicciones acerca de las conexiones que se establezcan entre ellas y acerca de su curso futuro. El conocimiento es así cuestión de verosimilitud, de probabilidad.

El grueso de la larga tradición filosófica occidental ha concebido así la epistemología como una disciplina que puede establecer normativamente y de forma absolutamente a priori las condiciones constituyentes del conocimiento. Pero a este movimiento se le ha opuesto otro distinto que se ha hecho más virulento en los últimos siglos y que ha defendido el carácter a posteriori de la epistemología: la necesidad de descender al terreno de las ciencias empíricas para construir un modelo de conocimiento. Se trata, en términos actualizados, de la propuesta de naturalizar la epistemología, al menos en un sentido muy limitado, considerando que: primero, los seres humanos y sus facultades cognitivas son entidades de la naturaleza que interactúan con otras entidades objeto de estudio de las ciencia naturales; y segundo, los resultados de las investigaciones científico-naturales son relevantes, e incluso cruciales, para la empresa epistemológica.

El debate está servido y hace un llamamiento en un sentido amplio a la reflexión pública sobre el terreno de la epistemología a todos aquellos investigadores interesados en la materia.